Hace algún tiempo, esta afirmación: “El poder para transformar tu vida siempre ha estado dentro de ti” llegó a mí a través de un querido amigo y mentor, quien me animó a conocer los escritos de su autora, Florence Scovel Shinn, una mujer visionaria que enseñaba sobre el poder de la palabra, la fe y la mente consciente.
En aquel momento, la frase me pareció profundamente bella, aunque no alcanzaba a comprenderla del todo.
Fue justo cuando me encontré con el versículo de 2 Corintios 4:6-7 cuando comprendí su significado más profundo:
“Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, hizo brillar su luz en nuestros corazones para darnos la luz del conocimiento de su gloria… Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que este poder omnipresente provenga de Dios, y no de nosotras y nosotros.”
Al escucharlo, sentí cómo ambas verdades se entrelazan como una sola.
De niña crecí creyendo que no era digna de ser amada, y que mi valor dependía de los logros que alcanzaba como estudiante o de mi buen comportamiento. Pensaba que debía ganarme el amor a través de la perfección, porque solo así podía ofrecer algo valioso a las demás personas.
También creí que, si existía un ser superior que me había creado, este mantenía un estándar demasiado alto y, al igual que mi familia, observaba cada uno de mis pasos, listo para castigar cualquier error. Así, crecí sintiendo que nunca era suficiente, que nunca alcanzaba el nivel de desempeño necesario para ser amada: ni por mi familia, ni por ese ser superior en el que me enseñaron a creer.
En la adolescencia, al descubrir que mi apariencia podía despertar “amor” o atención en otras personas, deduje que mi valor provenía de ese interés, o incluso, de estar en una relación afectiva.
Más adelante, en mi vida profesional, llegué a creer que mi valor dependía de mi desempeño laboral, de mi capacidad de trabajar con excelencia, entrega y horas extra. Mientras más me esforzaba, más buscaba esa validación externa.
Pero entonces me pregunté: ¿quién soy realmente? Si mi valor siempre lo busqué fuera de mí, ¿alguna vez fui yo misma?
Viví con miedo a no ser aceptada, a no ser amada, a ser rechazada o abandonada. Aprendí a ponerme máscaras para conseguir amor, aprobación o admiración, pero en el fondo, me alejaba de mi verdadero ser.
Hoy, al volver a escuchar este texto bíblico, comprendo algo profundo: a través de todas las circunstancias de mi vida, yo también he sido una vasija de barro, agrietada, imperfecta, frágil, y, aun así, digna de contener la luz y el poder divino. Esa fuerza, ese tesoro en mi interior, ha sido lo que me ha sostenido, impulsado y ayudado a seguir adelante. Siempre estuvo dentro de mí, esperando ser reconocido.
Hoy entiendo que ese poder que poseo es infinito e ilimitado. Ahora que lo reconozco, puedo superar cualquier circunstancia que se anteponga en el camino de convertirme en quien realmente vine a ser en este mundo.
Ya no necesito buscar afuera lo que ya tengo dentro.
Hoy honro ese regalo, siendo responsable conmigo misma, cuidándome, validándome y eligiendo con conciencia cada paso que doy.
Ese poder infinito que habita en mí —esa chispa divina— me impulsa a dar el salto cuántico hacia la vida que merezco y anhelo.
Y eso mismo anhelo para tí. Quiero que recuerdes siempre esta verdad profunda y universal que nos regala este versículo:
Dentro de cada ser humano habita una luz divina, un poder inmenso que nos conecta con algo superior —con Dios, con el universo o con la energía creadora, como tú lo concibas.
Somos vasijas de barro: frágiles, imperfectas, a veces agrietadas… y, sin embargo, capaces de contener y reflejar una luz infinita. No importa cuán rotas o rotos creamos estar; justamente a través de nuestras grietas, esa luz puede brillar con más fuerza, iluminando a otras personas, a nuestras familias, amistades, equipos de trabajo o estudio, e incluso a quienes apenas cruzan nuestro camino.
Porque cuando reconoces la luz que habita en ti, comprendes que siempre has sido suficiente… y que tu propósito es brillar.
Autora: Alejandra González



